miércoles, 22 de mayo de 2013

Olvidé decir adiós: Segunda parte.

"Morning after", propiedad de Wandaa-x


Sus ojos no perdían detalle, parecía como si leyera lo que era y soy con sólo ver mis ojos cansados, mis ojeras pronunciadas, las cejas despeinadas, el lunar extraño junto a mi ojo, apenas visible. Ella leía cada línea, parecía conocerme y de alguna forma deleitarse, preocuparse y perderse en lo que encontraba, fue un silencio prolongado en desnudez frente a frente, llegué a sentir pudor por vez primera en tan complejo encuentro dentro de fronteras.

Tres cuarenta de la mañana, después de un arrebato y el calmar de las aguas nos sorprendió un trueno fuerte, la luz nos encontró en ese destello, preguntándonos tanto de nada y aludiendo tan poco a algo. Algo me sorprendió de ella, su facilidad para la espontaneidad, saltó sobre mí y de la cama hasta sus pertenencias, sacó un pequeño vasito rosa de su bolso, me lo mostró y el recipiente llevaba un conejo pegado en él.-Si te fijas pareciera como si follaran.- Dijo con una voz tan apacible y dulce. –Si, mira.- Empezó a moverlo, haciendo fricción entre el peluche y el vaso, no pude evitar reírme, no sé ni como fue que ello llego a su mente, no lo imaginaba, encomendó de nuevo su cuerpo al bolso e introdujo el vaso en él. Sus caderas acentuadas con la luz de las lámparas del alumbrado público eran exquisitas, eran delicadas y no tan prominentes, su espina marcada a lo largo de la espalda me evocaba recuerdos, era tanto nostalgia como deseo esa mujer. Sacó auriculares en forma de pequeños conejos de este bolso, me los mostró de nuevo. –Son rápidos, mira, este se llama Juanín y este se llamará…- Volteó su mirada al suelo y de nuevo viró a verme. –Guaripolo, ¿Te parece?- Esta vez, con un poco de sueño no pude evitar reírme, tan memorables nombres.

Ya las cinco, el sol no demoraba, las golondrinas chillaban ya revoloteando frente a la ventana humedecida, aves en vuelo que en un momento perturbaron su danza, un borrón blanco les pasó casi rozando, sin embargo al poco continuaron, sus palabras, aletargadas en un apenas contención de la conciencia llegaron a mis oídos en un abrazo somnoliento, sus labios en mi oreja, su mejilla en mi sien, su cuello en mis labios y su piel expuesta a los primeros rayos del sol del pico del verano, su voz sólo pidió eso.
-Duerme, no te compliques más, cultiva tu sueños y recoge al tiempo su fruto, esos ideales incorruptibles que ví ayer, no las ciegas palabras de un insomnio volátil, apenas útil.- Inhalo un último momento antes de sucumbir al sueño, dejando el tiempo suficiente para un último verso de su oración. –Duerme y despierta a mi lado, sólo eso.- Se sintió el peso de su cuerpo caer al sueño y como su torso se inclinaba al costado, 
pero sus manos sostenían firme y fielmente a mi torso.

Calló en un profundo sueño al poco, su rostro acomodado sobre el colchón, alejando la almohada de su mejilla y cerrados párpados mirándome estaban invitándome a acompañarle en acción. Su mejilla ya coloreada por la dorada luz de un amanecer que nacía en las colinas de las afueras jamás pintó un cuadro así. El evocar del exacto cuadro de sus cejas coloridas en rojo brillante cuando el sol tocaba sus vellos, como sus pestañas parecían azules tiras de metal azulado y oscurecido, su nariz sombreándose conforme el sol avanzaba lenta y precariamente en esos centímetros de occidente, la perfección no estaba en su cabello a veces negro y otras castaño, no estaba en sus labios, ni en sus mejillas ni palidecida piel, estaba en toda ella, en sus ínfimos detalles, el lunar bajo la aureola derecha, en la cicatriz pequeñita de varicela en su barbilla, en el sus dedos de uñas carcomidas en el estrés, en  su ombligo rasgado, en sus espina tan marcada, era delgada, de piernas fuertes, cuello largo y brazos rellenitos, no sé, tan preciosa conformación de factores no podía estar unida en un cuerpo tan terrenal, me resultaba fantasioso, casi imposible concretar que ella poseía todo ello con apenas esfuerzo.

Siete de la mañana, el sol hervía en el suelo, cansinamente la gente empezaba la rutina, se disponían a trabajar, estudiar o sólo caminar por aquella ciudad bajo un sol calcinante, desprovisto de piedad. La cocina retozaba en olores esa mañana, dulce, ácido, suave, quemado, un poco desorganizado, en el sartén los Hot cakes casi estaban y mi estómago lo anunciaba, miel, jugo, jarabe y mantequilla dispuestos en una mesa, un plato de al menos siete piezas de delicias llegó ahí. Al sentarme pude oír un cascabeleo y me dolió el glúteo al sentarme, al levantarme y revisar el bolsillo vi de lo que se trataba, un pequeño cascabel en forma de búho me acompañaba.

Es de ella, inmediatamente lo supe, no había nota, no había nada que lo demostrara, pero su mensaje era claro, me dí cuenta desayunando, esperando a que algo en mi mente saliera y no sólo un fantasma inexistente residente de algún rincón de mi mente, sino que ella estuviera ahí, en su colchón esperándome al abrir sus ojos, anhelando despertar con ella como otras veces, algún día se cansará y dejará de intentarlo, de pedirlo, sé que lo hará, como el fantasma que ya no está, ella también presenciará la huida de algo innecesario, un solo plato está en mi mesa, en mi hogar, en la frialdad de ese lugar y ella en algún lugar, en otro plano distante de este contemplar de vidas sin acabar. Descansa, ya no me verás más.

"El hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá."
Eugene Lonesco

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