| "Morning after", propiedad de Wandaa-x |
Sus ojos no perdían detalle, parecía como si leyera lo que
era y soy con sólo ver mis ojos cansados, mis ojeras pronunciadas, las cejas
despeinadas, el lunar extraño junto a mi ojo, apenas visible. Ella leía cada
línea, parecía conocerme y de alguna forma deleitarse, preocuparse y perderse
en lo que encontraba, fue un silencio prolongado en desnudez frente a frente,
llegué a sentir pudor por vez primera en tan complejo encuentro dentro de
fronteras.
Tres cuarenta de la mañana, después de un arrebato y el
calmar de las aguas nos sorprendió un trueno fuerte, la luz nos encontró en ese
destello, preguntándonos tanto de nada y aludiendo tan poco a algo. Algo me
sorprendió de ella, su facilidad para la espontaneidad, saltó sobre mí y de la
cama hasta sus pertenencias, sacó un pequeño vasito rosa de su bolso, me lo
mostró y el recipiente llevaba un conejo pegado en él.-Si te fijas pareciera como si follaran.- Dijo con una voz
tan apacible y dulce. –Si, mira.- Empezó a moverlo, haciendo fricción entre el
peluche y el vaso, no pude evitar reírme, no sé ni como fue que ello llego a su
mente, no lo imaginaba, encomendó de nuevo su cuerpo al bolso e introdujo el
vaso en él. Sus caderas acentuadas con la luz de las lámparas del alumbrado
público eran exquisitas, eran delicadas y no tan prominentes, su espina marcada
a lo largo de la espalda me evocaba recuerdos, era tanto nostalgia como deseo
esa mujer. Sacó auriculares en forma de pequeños conejos de este bolso, me los
mostró de nuevo. –Son rápidos, mira, este se llama Juanín y este se llamará…-
Volteó su mirada al suelo y de nuevo viró a verme. –Guaripolo, ¿Te parece?-
Esta vez, con un poco de sueño no pude evitar reírme, tan memorables nombres.
Ya las cinco, el sol no demoraba, las golondrinas chillaban
ya revoloteando frente a la ventana humedecida, aves en vuelo que en un momento
perturbaron su danza, un borrón blanco les pasó casi rozando, sin embargo al
poco continuaron, sus palabras, aletargadas en un apenas contención de la
conciencia llegaron a mis oídos en un abrazo somnoliento, sus labios en mi
oreja, su mejilla en mi sien, su cuello en mis labios y su piel expuesta a los
primeros rayos del sol del pico del verano, su voz sólo pidió eso.
-Duerme, no te compliques más, cultiva tu sueños y recoge al
tiempo su fruto, esos ideales incorruptibles que ví ayer, no las ciegas
palabras de un insomnio volátil, apenas útil.- Inhalo un último momento antes
de sucumbir al sueño, dejando el tiempo suficiente para un último verso de su
oración. –Duerme y despierta a mi lado, sólo eso.- Se sintió el peso de su
cuerpo caer al sueño y como su torso se inclinaba al costado,
pero sus manos
sostenían firme y fielmente a mi torso.
Calló en un profundo sueño al poco, su rostro acomodado
sobre el colchón, alejando la almohada de su mejilla y cerrados párpados
mirándome estaban invitándome a acompañarle en acción. Su mejilla ya coloreada
por la dorada luz de un amanecer que nacía en las colinas de las afueras jamás
pintó un cuadro así. El evocar del exacto cuadro de sus cejas coloridas en rojo
brillante cuando el sol tocaba sus vellos, como sus pestañas parecían azules
tiras de metal azulado y oscurecido, su nariz sombreándose conforme el sol
avanzaba lenta y precariamente en esos centímetros de occidente, la perfección
no estaba en su cabello a veces negro y otras castaño, no estaba en sus labios,
ni en sus mejillas ni palidecida piel, estaba en toda ella, en sus ínfimos
detalles, el lunar bajo la aureola derecha, en la cicatriz pequeñita de
varicela en su barbilla, en el sus dedos de uñas carcomidas en el estrés,
en su ombligo rasgado, en sus espina tan
marcada, era delgada, de piernas fuertes, cuello largo y brazos rellenitos, no
sé, tan preciosa conformación de factores no podía estar unida en un cuerpo tan
terrenal, me resultaba fantasioso, casi imposible concretar que ella poseía
todo ello con apenas esfuerzo.
Siete de la mañana, el sol hervía en el suelo, cansinamente
la gente empezaba la rutina, se disponían a trabajar, estudiar o sólo caminar
por aquella ciudad bajo un sol calcinante, desprovisto de piedad. La cocina
retozaba en olores esa mañana, dulce, ácido, suave, quemado, un poco
desorganizado, en el sartén los Hot cakes casi estaban y mi estómago lo
anunciaba, miel, jugo, jarabe y mantequilla dispuestos en una mesa, un plato de
al menos siete piezas de delicias llegó ahí. Al sentarme pude oír un cascabeleo
y me dolió el glúteo al sentarme, al levantarme y revisar el bolsillo vi de lo
que se trataba, un pequeño cascabel en forma de búho me acompañaba.
Es de ella, inmediatamente lo supe, no había nota, no había
nada que lo demostrara, pero su mensaje era claro, me dí cuenta desayunando,
esperando a que algo en mi mente saliera y no sólo un fantasma inexistente
residente de algún rincón de mi mente, sino que ella estuviera ahí, en su
colchón esperándome al abrir sus ojos, anhelando despertar con ella como otras
veces, algún día se cansará y dejará de intentarlo, de pedirlo, sé que lo hará,
como el fantasma que ya no está, ella también presenciará la huida de algo
innecesario, un solo plato está en mi mesa, en mi hogar, en la frialdad de ese
lugar y ella en algún lugar, en otro plano distante de este contemplar de vidas
sin acabar. Descansa, ya no me verás más.
"El hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá."
Eugene Lonesco
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