jueves, 13 de marzo de 2014

Los vuelos de la lechuza

Propiedad de Dessert usa.
En sueños una vez ella me preguntó:
¿Cuántos tú son? Entiendo que al menos dos, el primero es quien me toca y el segundo quien de tus ojos me observa, pero, ¿Quién me ama? Hubo conflicto en ocasiones, le aseguro y no todos concordamos, pero lo hacemos a distinta manera.
El que le roza le ama al cálido de la mañana, entre sábanas, en el frío de la noche, cálido tacto acogedor.
El de la mirada cada aspecto sobre usted, los ojos, la nariz, sus senos, piernas y en general lo cubierto de piel.
El pequeño infante, el que no tiene un cuerpo, le ama al sentirse protegido entre sus brazos, junto a su ser.
El anciano que versado de vez en cuando habla, su juventud es la que ama, actuar que no comprende a su edad.
El guerrero impacible su tranquilidad, la calma que le sana de sus desgarradoras batallas.
El sarcástico hiriente la lucha a la que se somete, el como le conmueve.
El seco la vida que le da.
El arlequín la seriedad con la que se toma.
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Sueño a medias abruptamente concluyó, de palabras arcaicas, recuerdos roídos, mariposas rojas, lechuzas diurnas...
La mañana siguiente acarreó otros vientos, era un gorrión, un cohibido pajarillo. Su anhelo volar del nido,
su impedimento dos incapaces de emprender un vuelo en solitario por miedo a perder su nido. Las alas no podían perder, su hogar el cielo, el viento y cuanta extensión quisieran, pero eso no era para ellos, querían ese árbol y a sus pollos cerca del nido, el avecilla no conciliaba su lejanía con su don de zurcar los cielos, las nubes, sobre las aguas... Caminé sin más poder, agresivas y protectoras estas emplumadas, sin embargo se empedernían en no dejar volar a sus pollos, caminé cuanto pude.
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Con la luna coincidí, bronce su tono, danza de otros mundos, silente y calmada recorría el firmamento con
esas nubes a su enmarañada, parecía fría, distante a la tierra que iluminaba, sin embargo, su luz era cálida,
sus movimientos tenues enmarcaban un algo que fue, distante, forajido y un tanto atemorizante, avancé a ella, sus vientos vacilaron y al final toqué su superficie, como pensé, cálido, no tan roído. Abracé su imagen con dulzura, caí rendido al sueño y ella desaparecía conforme un ave revoloteaba en mi cabeza, de años ya encima, de vida habida y ansiada la que venía, se posó en mi pecho justo antes de dormir, me vió fijamente y entró a mi alma como pocos lo han hecho, sus plumas frotaba en mí, no tenía frío, ni miedo, no tenía nada que ella no me quitara...
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Ellas, las damas que de mí sacan tanto, la mariposa que a mí nariz vino a posarse y terminó posándose en otras pieles, el gorrión del que supe voló muy alto y no volvió a posarse en días, la luna cobriza que ahora calienta en las noches, la que corroída está pero de suave tacto se ha vuelto, gobierna los cielos nocturnos, el ave, que decir de esa emplumada alegría, sus ojos son la ventana a un mundo que desconocía, sin embargo, uno que de lejos ya veía venir, un mundo de paz, de amor y sincero aprecio, uno al que visitaba en mis vuelos y ahora tangible se ha vuelto...
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Continúan los vuelos de la lechuza diurna.

"La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días." 
-Benjamin Franklin.

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La lechuza Diurna


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