viernes, 19 de abril de 2013

Mariposa roja parte 2: Cuestionar.

Imagen de dudoso autor.


Cuatro paredes, amplias llanuras, blanco desquebrajado, firmamento azulado, árboles, telarañas, piel, alma, todo, absolutamente todo, un cuadro desquebrajándose en el abrir de mis ojos, reparados al cerrar, no se destruye ni reconstituye, se transforma.

En sus ojos yacía algo que no conocía, un brillo que ya conocía, un color que tenía significado, no identifico que era, no eran claros, no eran oscuros, eran únicos. Ese mundo que en un tiempo fue mío ahora es parte de mí, no es mi propiedad, soy de él y él mío. –Dime más.- Dijo ella al sentarse sobre el pasto, aún todos dormidos, ella descalza y con los ojos aún apesadumbrados se acomodaba, no le había dicho nada, me miraba esperando. –¿Qué puedo decirte?- Le pregunté un tanto desconcertado.

Las paredes se hacían más pequeñas, veía mi mano izquierda mientras ese cuarto de achicaba, sabía de mi destino, cómo ese vago intento de retención acabaría conmigo. Cerré los ojos, apreté mi mano con fuerza, tanta que me dolía. Aunque esa ténue línea se hacía cada vez más borrosa, existía ahora una leve reminiscencia del otro lado de la pared, esa grieta que miraba afuera, solté mi mano, dejé ir esa fuerza, respiré y me levanté, reté a ese pequeño mundo, un último desafío.

No tenía respuestas, se lo aclaré al menos siete veces, ella seguía diciendo lo mismo, “dime más”, No tengo más que decir le respondía, dejé de intentar, me senté y la ví de frente, -No puedo, no puedo.- Le dije en un suspiro, sus ojos se cerraron, se incorporó y me tomó de las mejillas, sentada con sus rodillas al frente y su alma expuesta, abrió los ojos. –Hay más, mucho más.- Franjas oscuras y rojas cubrieron sus cuencas, pronto su cara se vió llena de estos patrones y colores.

En mi aparente oscuridad en ese perpetuo cubo blanco había una franja dorada, me acerqué lo más que pude, esa grieta era más luminosa de lo que mis ojos podían soportar, me dolían sólo de estar ahí, no quería imaginar que era estar ahí frente a ella, no me di tiempo a hacerlo, me acerqué y vi al otro lado, no pude, la luz me cegó, no pude ver con ese ojo, temía perder el otro en ese destello, me senté en la esquina opuesta aún temeroso. Sentí que mi ojo quemaba, me ardía, no veía nada, dolor sólo sentía. –Hay más, mucho más.- Resonó el eco de esa grieta.

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