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| Imagen de dudoso autor. |
Cuatro paredes, amplias llanuras, blanco desquebrajado,
firmamento azulado, árboles, telarañas, piel, alma, todo, absolutamente todo,
un cuadro desquebrajándose en el abrir de mis ojos, reparados al cerrar, no se
destruye ni reconstituye, se transforma.
En sus ojos yacía algo que no conocía, un brillo que ya
conocía, un color que tenía significado, no identifico que era, no eran claros,
no eran oscuros, eran únicos. Ese mundo que en un tiempo fue mío ahora es parte
de mí, no es mi propiedad, soy de él y él mío. –Dime más.- Dijo ella al
sentarse sobre el pasto, aún todos dormidos, ella descalza y con los ojos aún
apesadumbrados se acomodaba, no le había dicho nada, me miraba esperando. –¿Qué
puedo decirte?- Le pregunté un tanto desconcertado.
Las paredes se hacían más pequeñas, veía mi mano izquierda
mientras ese cuarto de achicaba, sabía de mi destino, cómo ese vago intento de
retención acabaría conmigo. Cerré los ojos, apreté mi mano con fuerza, tanta
que me dolía. Aunque esa ténue línea se hacía cada vez más borrosa, existía
ahora una leve reminiscencia del otro lado de la pared, esa grieta que miraba
afuera, solté mi mano, dejé ir esa fuerza, respiré y me levanté, reté a ese
pequeño mundo, un último desafío.
No tenía respuestas, se lo aclaré al menos siete veces, ella
seguía diciendo lo mismo, “dime más”, No tengo más que decir le respondía, dejé
de intentar, me senté y la ví de frente, -No puedo, no puedo.- Le dije en un
suspiro, sus ojos se cerraron, se incorporó y me tomó de las mejillas, sentada
con sus rodillas al frente y su alma expuesta, abrió los ojos. –Hay más, mucho
más.- Franjas oscuras y rojas cubrieron sus cuencas, pronto su cara se vió
llena de estos patrones y colores.
En mi aparente oscuridad en ese perpetuo cubo blanco había
una franja dorada, me acerqué lo más que pude, esa grieta era más luminosa de
lo que mis ojos podían soportar, me dolían sólo de estar ahí, no quería
imaginar que era estar ahí frente a ella, no me di tiempo a hacerlo, me acerqué
y vi al otro lado, no pude, la luz me cegó, no pude ver con ese ojo, temía
perder el otro en ese destello, me senté en la esquina opuesta aún temeroso.
Sentí que mi ojo quemaba, me ardía, no veía nada, dolor sólo sentía. –Hay más,
mucho más.- Resonó el eco de esa grieta.

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