Nunca tuve frío, jamás lo sentí, mi piel no lo sentía, ahora
un largo y blanco abrigo me cubría, extenso lo sentía, desde la capucha que
recubría mi cabeza hasta los tobillos, mis pies estaban desnudos, sentía el
frío del césped, pero nada más. Aún con los ojos cerrados pude verla, mis ojos
no eran suficientes, no eran necesarios, podía oír cada latido, cada
inhalación, sus músculos se contraían en un concierto y su exhalar lo
complementaba. Oía todo, sentía cada instante, la veía sin verla, su nariz de
pronto se despegó de la mía pero su frente aún se mantenía unida, estaba muy
cerca de ella, no existía la lejanía.
Mi ojo derecho no veía, sentía el escozor que latía en la
orilla de mi cuenca y el ardor en mi globo era indescriptible, ese eco sonó
frío, ayudó a mis oídos, a mi ser, me calmó pero no ayudó mi dolor. Cuatro
esquinas, cuatro punzantes inversos que infligían más daño que el punzar de las
puntas. Todo comenzó ahí, una esquina se desmoronaba, la de la grieta, su polvo
se acumulaba en el inferior, mi ojo sano pudo ver antes de que otro az
atravesara el cuarto y tocara mi pecho, por inercia traté de ocultarme pero,
¿En dónde?
Abrí mis ojos, ya no había verde, todo era blanco, no había
límites, tampoco mínimos, era todo y nada a la vez, ella no estaba, esa
sensación no desapareció, me quemaba el pecho, me cosquilleaba la frente. El az atravesó mi pecho, me destrozaba y quemaba a la vez,
mi único ojo sano contempló toda una
vida, en últimos respiros el dañado organismo sólo sentía viento en su
cara, cosquillas en su nariz, el ojo sano volvió, un manchón rojo vislumbró
frente a él, franjas negras y burbujas rojas. La grieta ahora era un agujero,
la pared se caía poco a poco, fragmento por fragmento, todo al polvo.
El espacio blanco se atenuaba poco a poco, se oscureció y
miles de puntos blancos, púrpuras, rojos, azules, dorados y plateados nacían en
ese espacio oscurecido, el negro del espacio me consumía.
Besó mi frente, mi ojo malo, mi ojo sano, mi pecho, ya no
dolía, las alas rojas se transformaron en un cuerpo, un cuerpo tatuado en rojo
y negro, un cuerpo desnudo que no tenía la necesidad de cubrirse, no lo
requería. Dejó caer la pared, tres paredes cayeron, la cuarta siguió en pie. Un
espacio verde era allá afuera, temía salir, quemarme, me arrinconé en la
restante, un cuarto de temor y lucha, en el suelo sudaba pena, un viento movía
mi pesar, mi eternidad, el brillo me hacía desconocer el resto. La habitación
dónde los pasos inspiran a olvidar, ¿Quién soy? ¿Qué hice? ¿Cuál es mi
humanidad? ¿Qué hay?
Ambos mundos quedaron en penumbras, hubo un momento en el que la penumbra quedó atrapada en mí muy
adentro, en ese momento dejé de ver satélites y estrellas, no había
constelaciones ni galaxias, ellas estaban conmigo, las sentía girar. Sentí
frente a mí, un viento leve, constante, ya no eran dos en distintos universos,
éramos uno, el mismo ardor, el mismo cosquilleo en la frente, cerré los ojos
por última vez, dejé que las sensaciones florecieran, ojos claros me veían, nos
veían, aleteos vacilantes me revoloteaban, me rodeaban. Dejó de revolotear la
mariposa, se posó en mi frente, cosquilleaba, su viento refrescaba, era ella la
misma mujer, la misma mariposa, el escozor, el fuego.
Abrí mis ojos, en la penumbra vi
una mano que me invitaba a seguirle, oí vagamente –Salgamos de aquí.- Le tomé
sin dudar, ya no tenía miedos, mis dudas eran otro escrito, otro pesar, ya no
el mío. La habitación dónde los pasos inspiran a olvidar, contigo quiero dar
los siete de regreso, abrí mis ojos, las franjas negras y rojas seguían frente
a mí, sentí su aleteo, no voló, se posó en mi nariz, en el reflejo de sus
pequeños ojos ambarinos me vi, tampoco era el mismo, la penumbra, el blanco, el
dorado, las motas, todo quedó impreso en mí... -Ahora sabes que esos
sacrificios no fueron en vano.-
| Imagen de antonioVenator de Deviantart. |
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